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A la Contra.

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Han caído las temperaturas, de golpe, atraídas por algo que no es la gravedad pero que desciende tan pesadamente como un ancla. Es noche cerrada a las ocho de la tarde y me cuesta encontrar la Luna, pienso que puede ser luna nueva, pero luego recuerdo que la he visto, con forma de C menguante, clavada en el cielo celeste de la mañana.

Son buenos tiempos para quienes aman esta forma de mirar el mundo. No podrían ser mejores tiempos para el asombro, para la thaumasía, porque de nuevo la filosofía es condenada. Otra vez un sistema democrático la sienta ante sí y ondea su veredicto: tú, filosofía, no tienes por qué morir. Únicamente debes abandonar la polis.

Ante esto, los que vivimos la Filosofía, casi nos regocijamos. ¡Es así como merece la pena filosofar! Contra las cuerdas, o con la cuerda a cuello, o de puntillas al borde del precipicio desde el que Nietzsche saludaba al abismo, o a un segundo de tragar la cicuta de Sócrates. Es así, de hecho, como la filosofía existe: es una forma de vida al margen. A menudo, es vilipendiada. La mayor parte de las veces, se la da por agonizante y -precisamente por eso- sobrevive con fuerzas renovadas.

Deberíamos celebrar que los políticos que ostentan el poder -sea lo que sea eso- traten de apartarnos de nuevo de la esfera pública. Traten de sacarnos de las aulas, con disimulo pero tratando de infligir la herida mortal. Desaparece la psicología de bachillerato, aquella asignatura en la que mi profesor me mostró el camino al autoconocimiento. Desaparecen un tercio de las horas de Filosofía en el primer curso del bachillerato, que de hecho sería el primer curso de Filosofía para cualquiera, porque queda también desterrada de la ESO.

Dejad que los políticos sigan jugando a dominar el mundo, y celebremos que por más que lo hagan, seguiremos afilando el alcance de nuestra mirada. Porque cuanto más intenten asfixiar la Filosofía, más fuerte reverberará su naturaleza, su razón de ser, su justa medida en lo humano.

Agradezco al gobierno que incumpla su palabra, que sea totalmente incoherente con las bases ideológicas que lo sustentan, que mine los principios de la legitimidad democrática. Con su gesto, trasluce la posición anti-sistema a la que queda relegada mi forma de vida. Y si me hacen sentir anti-sistema, mejor. Porque de luchar contra lo injusto siempre he sacado infinitas energías y grandes logros. Con su gesto, condenan a la minoría de población que se dedica al cuidadoso cultivo del pensamiento, a ser aún más minoría. Las filósofas como yo tendremos cada vez menos posibilidades de recibir un sueldo a cambio de dedicarnos al pensar, y a la enseñanza del pensar: ¿acaso no es digno de celebración? ¡Por fin volvemos a hacer filosofía como siempre se ha hecho, en la sombra, fuera de las pedagogías oficiales, “corrompiendo a los jóvenes”!

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Sigue cayendo la temperatura, se mantiene oscura la noche, ahí afuera. Aquí dentro, agradezco la oportunidad de detenerme a pensar y a escribir sobre lo que amo. Se lo debo a esta sociedad, de la que tantas cosas habría que decir. También por ella elegí la filosofía antes que nada.

Recuerdo las primeras clases, cuando J. M. me dio las herramientas para contemplarme a mí misma, con una claridad irreversible. Yo no tenía por qué ser lo que mis padres querían que fuera, yo no tenía por qué seguir los pasos de aquellos, yo no tenía por qué ser el resultado automático de las causas no elegidas. Tras mirarme a mí, podía mirar el mundo. La Filosofía abarcaba todo lo que me parecía intolerable, lo cuestionaba, lo relativizaba, lo volvía insignificante. Las raíces y fundamentaciones de los distintos sistemas políticos hacían que me aferrara con fuerza a la defensa de la libertad y del bienestar com´´un, ya no era natural o inevitable el sufrimiento de los vulnerables y oprimidos. Caminé por la historia del la verdad hasta levitar con la alétheia, aprendí a contemplar de verdad al Otro con Lévinas o Habermas y comprendí que podían defenderse los Derechos Humanos sin parecer idiota, descubrí el carácter bífido de las obras de arte con Adorno y Benjamin, observé como por primera vez el universo con Schopenhauer, me quedé pasmada ante Arendt -primero- y ante Weil -después…

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Son buenos tiempos para todas las filósofas y todos los filósofos de mi librería, están ahí, observando desde las estanterías; parecen decir: es así como debe ser, la filosofía es propia de la persona que se detiene, que se aleja del mundanal ruido, que hace lo que tiene que hacer/que deja de hacer lo que tiene que hacer, para pensar. Y solo así se hace carne-verbo-eco la filosofía. Su punto de mira permite comprender que todas esas cosas a las que se le suele dar excesiva importancia (todo eso que abruma, consume, provoca ansiedad, preocupa el domingo por la tarde y se intenta olvidar el viernes por la noche)… Todas esas cosas son lo de menos. Lo absolutamente nada.

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Gracias, políticos, por darme la oportunidad de detenerme a valorar el pensamiento filosófico, como no lo hacía desde que comencé este sendero largo y preñado de significados. Gracias por recordarnos que la Filosofía solo puede ser-a-la-contra. Lo celebro, ya que cuanto más os opongáis, más se volverá acción el pensamiento.

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