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De la ternura hacia las masas, o dialogar con Camus.

Han pasado ya algunos meses desde que empecé a escribir páginas y páginas de una historia que no sé cómo terminar de contar. A decir verdad, tampoco sé cómo comenzarla sin destrozar las ideas que pretendo dejar casi ocultas.

Albert Camus en 9 frases: "Donde no hay esperanza, debemos ...

Es difícil mantener firme el rumbo cuando se buscan tantas cosas. Mientras tanto, acabo “La Peste” y recuerdo todas las respuestas que nos traen los libros. La novela de Camus abre esa ventana al pasado y pienso mucho en esta obra y su sentencia: “Pues él sabía lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.”

Dicen que Camus escribía sobre la peste para contar la ocupación alemana que acababa de transformar el espíritu europeo hasta los cimientos. Así lo resumen muchas sinopsis, pero es una simplificación arriesgada de la novela. Camus está hablando de todas las plagas que se deriven del comportamiento de las masas, no puede limitarse a una sola por grave que sea y mucho que lo merezca. Los que leen libros ya saben que las masas actúan, por definición, de forma irreflexiva y extremadamente olvidadiza. Escribe el autor sobre la peste, que es todas las plagas, que es todos los males que caen sobre la sociedad de alguna forma u otra. Porque deja caer palabras e imágenes que nos llevan a los nazis, sí, tanto como hace que el personaje Tarrou nos evoque la peste totalitaria soviética.

Para Camus la peste es todo aquello que nos aniquila: ya sea una enfermedad infecciosa disolviendo los cuerpos y la sociedad, ya sea un régimen autoritario o una ideología que justifica la opresión de grupos de personas. La peste es, además, connatural a la existencia. Escribe, en boca del personaje Tarrou: “Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca.”

Es natural el miedo, como lo son el virus, la violencia, el egoísmo o el dejarse llevar por la masa. Contra todo eso, de aspecto invencible, está algo que no nos queda claro si es natural, pero ciertamente es humano: la voluntad. Permanecer sano, ser responsable, servir de ayuda, luchar contra las plagas; Camus sabe que todo eso requiere de una voluntad de la que mucha gente sería capaz. Del mismo modo que, perdidos en una naturaleza salvaje, solo la fuerte voluntad nos mantendría con vida.

Yo, que llevo sin escribir buenos poemas tantos meses que me pregunto si el verso ya no es mi vehículo; yo, que escribo por expresar algo así de inabarcable, me pregunto cómo conseguir lo que busco. Cómo hablar del exilio, del mundo abierto, de lo que somos y de lo que llegamos a ser.

Mientras busco la manera la realidad no deja de distraerme: pocas cosas han cambiado, a pesar de la enfermedad, el cierre, el metro y medio de distancia, los titulares amenazantes. Cabría sentir algo de decepción, porque por momentos había quien creía que estábamos aprendiendo. Que la pausa obligada traería reflexión y ajustes de cuentas. En cambio volvemos al mundo que nos permiten, intentando recuperar la actividad perdida. Qué verano tan extraño, los titulares aún martilleando y las historias de Instagram cargadas de vídeos de grupos bailando en discotecas y chiringuitos, bebiendo en enormes copas de balón. Las masas somos nosotros, que queremos tener el derecho a ser irreflexivos y felices, que queremos tener derecho a separarnos de la peste. Y las masas son siempre, siempre, olvidadizas.

Creerías que ahora toca decepcionarse o dejarse llevar por una indignación que observa por encima del hombro. Repito, sin embargo, que las masas somos nosotros. Camus me ha ayudado a confirmarlo, y aún así, de su novela me sorprenden los dos rasgos más fuertes e indelebles: la sensibilidad y la ternura. Sensibilidad y ternura, ahí donde
únicamente era previsible un buen golpe. Sensibilidad y ternura hacia la humanidad, expresadas con cuidado y por escrito en 1947, cuando lo único aparentemente sensato sería repudiar a la masa entera.

Me digo: eso es el arte en cualquiera de sus formas, reivindicar sensibilidad y ternura contra la marcha tan salpicada de errores que sigue el ser humano. Eso hace el arte, retratar sin temor todo el fango y lo oscuro solo para llegar a dar fe del momento en que nos sorprende la chispita de luz.

Camus decía que podía haber algo que aprender, aunque la ciudad casi entera quiere olvidarlo cuando el peligro pasa. El escritor lo sabe y no se enfada. Bajo el calor de agosto también nosotros querríamos olvidar lo que acecha, tampoco debemos enfadarnos. Porque incontables veces suelen predominar el olvido y la ignorancia, pero a su vez, tantísimas otras nos hacemos infinitamente responsables.

Gobierno, pueblo y comunicación | Wall Street International Magazine

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