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El aprendizaje tecnológico durante la cuarentena: las luces y las sombras.

Desde que el jueves 12 de marzo la mayoría de Comunidades Autónomas siguieran la recomendación del gobierno central y anunciaran la cancelación de las clases, el cuerpo de docentes tuvo pocos días para reaccionar y adaptarse.

El lunes 16 todas las aulas permanecieron cerradas, en principio durante dos semanas. Alumnado y profesorado seguían trabajando con la idea de poder volver a las clases el día 30, si bien cada vez se hacía más evidente que el Estado de Alerta decretado por el gobierno sería prolongado.

Felipe Schariolli, Unsplash.

Como docente asistí, desde el mismo jueves 12, a un verdadero despliegue de talento y recursos por parte de compañeros y compañeras de profesión. Quienes ya habían comenzado a impartir clases a distancia a su alumnado, compartían sus experiencias e ideas, así como consejos sobre herramientas digitales a utilizar.

La semana del 16 al 20 de marzo, en el centro donde trabajo logramos poner en marcha un sistema de clases online de manera increíblemente rápida y eficaz. Lo cierto es que contábamos con ciertas ventajas: todo nuestro alumnado tenía acceso a dispositivos con conexión a Internet que distribuye el mismo colegio, así como buena conexión en casa. Antes de la cuarentena, ya trabajábamos a menudo en Classroom, una plataforma educativa de Google, así que faltaba ajustar la cantidad de tarea y experimentar con las clases en directo a través de plataformas de videollamada como Zoom Meetings o Google Hangouts. Gracias a estos medios tecnológicos, nuestros estudiantes han podido dedicar sus mañanas a su horario habitual de asignaturas, acabar los temarios previstos para el final de trimestre… Y, especialmente, trabajamos juntos por mantener activa la mente en un periodo extraño en el que el tiempo en casa se alarga, se estira y se nos echa encima si nos descuidamos.

Pero, aunque parece no ser el caso de mis alumnos y alumnas, ¿qué ocurrirá ahora con la educación de los niños y niñas de familias vulnerables? ¿Qué podrían contarme docentes de colegios en zonas económicamente más deprimidas? ¿Tiene su alumnado fácil acceso a un iPad, un ordenador y una buena conexión a Internet para descargar archivos, hacer actividades, ver vídeos y unirse a videollamadas?

Según el INE, en 2019 el 91,4% de hogares en España ya tiene acceso a Internet. De las viviendas que no disponen de Internet, un 28% declara que se debe a los altos costes del servicio. Sólo el 80,9% de los hogares con al menos un miembro entre los 16 y los 74 años tiene algún tipo de dispositivo útil para el teletrabajo (ordenador de sobremesa, portátil o tablet). Es decir, hay casi un 20% de hogares sin dispositivo alguno con el que poder afrontar las tareas o los desafíos que suponen un sistema de clases online. No es ninguna sorpresa comprobar cómo el buen acceso a las telecomunicaciones suele ocurrir entre las personas con mayores recursos. Y viceversa: según un informe de Cruz Roja, el 61% de las personas a las que atiende la institución carece completamente de acceso a Internet.

Es decir, si algunos alumnos y alumnas van a quedarse al margen de esos maravillosos videotutoriales o de esas productivas videollamadas, van a ser chicos y chicas de familias con pocos recursos. Tal vez consigan material escolar para hacer fichas infinitas de deberes sobre la mesa de la cocina.
De manera que lo que ya se afirmaba antes de la cancelación de las clases, ahora se acentúa: los estudiantes sin acceso a dispositivos electrónicos o conexión a Internet sufren de serias desventajas en cuanto a su educación, y esto provoca la transmisión de la pobreza. La desigualdad digital y sus consecuencias en la enseñanza, se convierten además en la causa de futuras desigualdades laborales: se perpetúa el estado de vulnerabilidad de las personas sin habilidades digitales.

No vamos a dejar a nadie atrás“, oíamos en las noticias, y con la piel erizada y los ojos húmedos cada uno de nosotros asumía sus quehaceres para que esta situación extraordinaria pase lo antes y lo mejor posible. El propio gobierno ha tomado ya medidas para paliar las consecuencias devastadoras de este evento insólito en las personas con dificultades económicas: en concreto, prohíbe cortar Internet, de la misma manera que no pueden sustraerse a esos hogares los suministros de luz y gas.

Pero, ¿y los grandes proveedores de telecomunicaciones e Internet? ¿No deberían ellos lanzar ayudas y ofrecer servicios que puedan paliar las dificultades de los que puedan quedarse atrás?
Es cierto que la mayoría de las compañías como Movistar, O2, Vodafone, Pepephone u otras ofrecen gigas gratis a quienes ya son clientes, proporcionando acceso también a algunos de sus canales de televisión. Pero esto sigue dejando atrás a quienes no podían permitirse ser clientes. Y así como el gobierno regula, provee y ofrece ayudas; así como cada trabajador o trabajadora en el hospital, el supermercado, la fábrica, el puerto o el improvisado despacho de casa ofrece ahora más de lo que jamás se le pidió; del mismo modo las grandes compañías deben mostrar su responsabilidad y su pertenencia a nuestro mundo colectivo.

Tal vez no podamos hacer desaparecer las desigualdades de un plumazo, pero si algo nos está enseñando este momento extraordinario es el verdadero significado de la igualdad. La igualdad no es un ideal político: es un hecho biológico. Da igual quiénes seamos: cada persona puede caer enferma, cada persona debe esperar que pase esta tormenta poniendo a prueba su resistencia física y mental, cada persona lo superará y volverá a lo que llamábamos rutina. A lo que nos parecía normal y que ahora se nos antoja lejano.

Cuando esto pase, sería maravilloso poder afirmar que ningún estudiante perdió -al menos- un mes de clase porque, a diferencia de sus compañeros de pupitre, no tenía ordenador o buena conexión a Internet. Sería maravilloso que se nos permitiera ser lo que somos: iguales.

1 thought on “El aprendizaje tecnológico durante la cuarentena: las luces y las sombras.”

  1. Completamente de acuerdo. La igualdad es tratar desigual a los desiguales. Y, desde luego, en materia educativa o de sanidad, lo primero son los niños (perdona mi economía lingüística).
    Habrá que reflexionar sobre quién debe pagar todo esto.
    Besos

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