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La mirada universal es cosa nueva.

Llevaba gafas horribles y el pelo siempre encrespado la primera vez que leí La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende. Ya había cogido la costumbre de leer de manera muy desordenada: no tocaba un libro en días, en semanas, hasta que de repente daba con una novela que hacía que me olvidara de las horas de comer o la obligación de dormir. Mamá tenía que venir a rescatarme, yo soltaba el libro aquel momento imprescindible y volvía hasta que acababa la última página. Después de leerlo una vez, volví a repetir La Casa de los Espíritus al menos cuatro veces entre los 13 y los 16 años. No sé qué me tocaban por dentro esa historia, o ese estilo, a pesar de que Cien años de soledad ya me había hechizado y mi abuelo, ese escritor admirado e indiscutible patriarca que presidía la mesa sin miramientos, no se cansaba de decir que el de García Márquez era el bueno, y que este que yo me leía de vez en cuando como poseída, no tanto. También lo decían los críticos y otros grandes escritores, ¡lo que decía Bolaño! Pero si son dos libros distintos, me decía yo, ¿por qué tengo yo que elegir entre gustarme el uno y gustarme el otro?

El ejemplar que leí tanto, junto al retrato de mi abuela.

Lo que ahora escribo no va en defensa de una crítica literaria alternativa, y no me apetece, en ningún momento, hacer de estas palabras una reseña de cualquier tipo. Se trata más bien lo que me sale de dentro, porque sí, ahora que de repente encontré en una estantería ese libro de Allende que tanto señaló mi entrada en el mágico mundo de la adolescencia. He vuelto a empezarlo…

He recordado con claridad pura, nunca mejor dicho, lo que encontraba en él y no podía explicarme entonces. Esteban Trueba era mi abuelo, el patriarca indiscutible. El personaje de Allende que nació pobre pero hombre -le impidieron la riqueza y la abundancia- y empujado por su hombría se hizo a sí mismo un hombre rico y poderoso. Mi abuelo nació pobre pero hombre -le impidieron ir a la escuela- y empujado por su hombría se hizo a sí mismo un hombre culto y admirado. La diferencia esencial está en la ideología: el personaje era un conservador, justificaba (usaba) la violencia, no creía en la igualdad; mi abuelo en cambio nació en un pueblo muy republicano y su republicana familia sufrió mucho (de ahí que le prohibiera el régimen ir a la escuela) así que defendía con pasión la igualdad, la democracia, la no violencia. Era un humanista, era todo un ilustrado: se le olvidó aplicar la igualdad plena a las mujeres: al menos, durante sus primeros 80 años de vida.

Como buen ilustrado, sí creyó en que sus hijas debían acceder a una educación superior, ¡tanto como sus hijos! Pero desde su posición en la mesa, a la hora de comer, mascullaba niña cada vez que echaba algo en falta y había que levantarse a buscarlo. Niña era mi madre, o mi tía, o mis primas, o yo misma. Usaba esa palabra mágica por la que alguna de nosotras -todas bien educadas con estudios superiores, todas ambiciosas como sólo antes los hombres habían podido serlo, todas trabajadoras- debía levantarse como llamada por el peso insoportable de la Historia. Alguna de nosotras, y nunca alguno de ellos, interrumpía su almuerzo y caminaba con extrema inercia hasta la cocina.

Ahora que he crecido tanto, que comienzo la vida adulta, y que abandoné la mágica adolescencia, veo en el libro de Allende una certeza que tal vez intuí hace tiempo. Los hombres que admiré y que estudié hasta la saciedad decían cosas universales, decían: “El hombre está entre los dioses y los animales”, o “El hombre siempre transciende la realidad material” o “…”. Ellos tenían esa capacidad, ese genio, de meter toda la humanidad en frases pesadas como lápidas.

Pues en verdad yo os digo que la mirada universal es la de la mujer, que como Allende, es capaz de escribir un libro en la piel de todas las generaciones de mujeres, y es capaz de hacerlo elevando la pequeña realidad de lo interior y cotidiano (llegará el hombre y dirá que es literatura femenina). La mirada verdaderamente universal es la de la mujer, que aprendió desde que fue denostada a ponerse siempre en el lugar de su abuelo, de su padre, de su marido, a comprender sus aspiraciones y a leer sobre ellas en grandes tratados. Ellas leyeron los grandes tratados de “el hombre…” y los asimilaron como propios. En tanto, la mirada de la mujer, desde su universo femenino, fue descartada. ¿Cómo, entonces, iba un tratado a ser realmente universal? Y ahí están ellas, absorbiendo la mirada masculina, añadiéndole además la totalidad de la mirada femenina, creando entonces la más completa perspectiva de la Humanidad. Porque con ellas, y eso se me antoja que hacía Allende mirando con ojos de Esteban Trueba, nadie queda descartado.

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