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Memoria Viva.

Sobre lo humano, el perdón y la promesa.

“Se es siempre bárbaro con los débiles”

Simone Weil.

Dentro del ir y no venir del tiempo cotidiano, en una mañana nublada y algo fría, hemos llegado a la puerta del cementerio San Fernando de Sevilla. Está entre una gran avenida y el Vacie, una barriada de chabolas al norte de la ciudad. El cementerio es conocido por “La venta de los gatos”, obra de Bécquer. Hoy, sin embargo, no perseguíamos leyendas.

Justo al pisar el umbral de entrada, ha empezado el cielo gris a descargar agua con más fuerza. Refugiados bajo unos toldos, la profesora de lengua ha contado lo que sabe del lugar. Al poco, la lluvia se ha vuelto más amable y hemos podido adentrarnos en la avenida principal del camposanto. Risueños, hemos comparado mausoleos y esculturas, hasta cruzar más de medio recinto. Desviándonos hacia la izquierda, de entre nichos vacíos y tumbas apelotonadas, vemos aparecer unos entoldados sobre un gran espacio de tierra ambarina. Hacia ellos nos dirigimos, cuando ya las nubes han dejado de gotear.

Nos recibe una mujer -ya se me ha olvidado su nombre, borroso entre la bruma de sensaciones. Nos guía por los entresijos del trabajo de exhumación de la primera fosa común abierta en Sevilla, una de varias en ese mismo cementerio. Bajo nuestros pies se acumulan los huesos de más de 1.100 represaliados tras el golpe de estado y la sublevación del 36, represaliados políticos que ni siquiera habían tenido tiempo de responder al golpe con violencia, y que fueron fusilados y arrojados a la fosa sin haber cometido delito de sangre alguno. Fueron recogidos en sus lugares de trabajo, como la Tabacalera; en una reunión de compañeros de trabajo, como los empleados municipales; en sus casas, como tantos otros. Nos habla de detalles de la tierra y las condiciones de los huesos, nos cuentas fechas: aquí únicamente se enterraron represaliados durante el verano del 36. Recién infligido el golpe de estado: más de 1.100 esqueletos.

Esta es la teoría, y tú también la sabes. Yo la sabía y sin embargo la desconocía. La fosa está ahí pero parece no estarlo. Mientras la buscaba entre la hilera de tumbas, pasando por la rotonda de La Piedad o la calle de La Fe, he parado a preguntar a un par de obreros que descansaban justo allí junto a su zona de trabajo. Por la ubicación de Google Maps sabía que estaba a pocos metros y seguía sin ver los toldos… Los obreros, extrañados, han respondido que no sabían nada de aquella fosa común.

Conozco la teoría y se desmorona cuando miro hacia delante y hacia abajo, ya frente a la fosa: a unos dos metros de profundidad se agolpan huesos. Adivinamos sus posturas: bocabajo, piernas amontonadas. Unas columnas sobre otras, unos cráneos sobre otros. No consigo apartar los ojos, creo que ninguno de los que me rodean puede hacerlo.

En todo el mundo retumba esa ira. ¿Qué cabía esperar? Lo único que pedían era no entender nada e incluso se juntaban varios para ello, porque el hombre es incapaz de ser necio o malvado él solo, condición misteriosa reservada seguramente al proscrito.

George Bernanos, Los grandes cementerios bajo la luna.
70 AÑOS DESPUÉS DE LA MUERTE DE GEORGES BERNANOS, EL HOMENAJE DE SÉBASTIEN  LAPAQUE

Después del golpe vuelvo a reconstruir las teorías que conozco, y que me ayudan a construir una especie de refugio. Pienso en Hannah Arendt, testigo de la barbarie nazi de aquel mismo tiempo descompuesto. Ella, apátrida. Ella, víctima. Ella, marginada por su propio pueblo desarraigado. Escribió, con la calma de quien ha paseado su mirada por todos los recovecos del alma humana, Vita Activa (así se llamó para mí en italiano, aunque en español se tradujo como La condición humana). Contaba que el ser humano tiene dos dimensiones: la activa y la contemplativa. De la contemplativa no pudo terminar de escribir; de la activa nos dejó una obra preciosa y salvífica.

En la dimensión de la vida social y determinada, el ser humano tiene tres modos de existir: la labor (animal laborans), el trabajo (homo faber) y la acción (condición humana). La acción define lo humano: participar en lo público, hacerse presente en la vida política… Es un volver a nacer, una segunda natalidad que nos separa de la simple supervivencia, el mero quehacer y el trabajo alienante.

En La condición humana Arendt sorprende, sin previo aviso, rescatando dos conceptos que ningún judío de su generación quiso poner sobre la mesa: el perdón y la promesa. “La verdad es que la ira de los imbéciles llena el mundo. Reíd si queréis: de ella no se librará nada ni nadie, es incapaz de perdonar“, escribía también Bernanos, después de presenciar la violencia radical de los sublevados en Mallorca.

¿De qué perdón nos puede hablar una judía que ha huido de un campo en Francia y permanece apátrida en EEUU? Del perdón como aquello contrario a la venganza y al olvido. Del perdón como remedio al destino infalible y calamitoso de las relaciones sociales electrificadas por el conflicto pasado. Del perdón que se otorga sin dejar de lado la justicia de la memoria. Y, ¿ante qué emerge? Ante el peso de la infalibilidad del pasado.

Cancelarías a Hannah Arendt?, en @further_es

Salvándonos de la infalibilidad de la historia con el perdón, toca el turno a la promesa. La promesa emerge ante el miedo que provoca la impredecibilidad del porvenir, del futuro; causa de la desconfianza entre unos y otros. La promesa ofrece “islas de seguridades en un mar de incertidumbres”, escribe Arendt.

Nuestra acción pública nos libra de una naturaleza animal radical y capaz de maldad. ¿Existe mayor esperanza que esta?

Arendt leyó y releyó Los grandes cementerios bajo la luna de Bernanos, un escritor francés católico que residía en Mallorca cuando se desató el golpe sublevado. El hijo de Georges Bernanos, Yves, fue a combatir junto a los falangistas. Su padre describió el horror de la violencia sublevada en esta obra, perfecta descripción del fascismo según la propia Arendt.

Otra filósofa, Simone Weil, de profunda sensibilidad hacia los problemas de la clase obrera, viajó de París a Barcelona en el 36 y se alistó en la columna Durruti.

Simone Weil: La fuerte vulnerabilidad - Diario16

He conocido ese olor de guerra civil, de sangre y de terror que desprende su libro; lo había respirado“, escribe Weil a Bernanos a su regreso a Francia, alejándose para siempre de la violencia. Se puede entender el rechazo a la espiral de locura en este fragmento de su misiva:

Ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses llegados, sea para combatir, sea para darse un paseo —estos últimos con mucha frecuencia intelectuales blandos e inofensivos—, he visto nunca expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan sólo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente. Usted habla de miedo. Sí, el miedo ha tenido una parte en esas matanzas; pero allí donde yo estaba no he visto la parte que usted le atribuye. Hombres aparentemente valientes —de uno de ellos, al menos, he constatado personalmente su valor— contaban con una sonrisa fraternal, en medio de una comida llena de camaradería, cómo habían matado a sacerdotes o a «fascistas», término muy amplio.

Carta a Bernanos, Simone Weil.

Expresemos nosotros la repulsión hacia la violencia. Ya la hemos expresado quienes nos hemos visto en los zapatos de las víctimas. Repetitivamente nos han negado el perdón y la justicia social aquellos que siguen en los zapatos de los vencedores.

La equidistancia sólo se exige a la víctima y no al verdugo, reflexionábamos Rosario y yo en el autobús de vuelta. ¿Qué equidistancia tenemos derecho a exigir a la nieta de un represaliado, que continúa desparramado junto a otro millar de ellos, mientras los descendientes de los verdugos se niegan a sacar de la basílica de la Macarena a Queipo de Llano? ¿Qué equidistancia exigirnos a nosotros mismos mientras la sonrisa resabida de Vox siga vendiendo el relato ensortijado de los vencedores?

Fascismo es creer que una patria (sea lo que sea eso) valga más que una sola vida. Fascismo es considerar enemigos de estado a quienes piensan de un modo diferente al propio. Fascismo es odiar a tu conciudadano por querer cuestionar el orden que te hace sentir cómodo. Y contra el patriotismo de aires fascistas… Siempre, siempre, la dignidad de la vida humana.

Por cierto: justo al final de nuestra visita, despidiéndonos afectivamente de nuestra guía, brilló el sol.

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