Negro Tizón, de Dori Fernández.

“Un mundo como un árbol desgajado.
Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar las ruinas.”

Blas de Otero.

“Miedo/ Confinamiento/ Amor/ Abrazos/ Volver a ser lo que fuimos.”

Dori es artista, lo sé desde el primer recuerdo que tengo de ella. La encontraba a menudo al salir de sus clases de pintura, cuando yo acababa mis horas de violín. Una de aquellas veces, ella venía con el dedo índice envuelto en vendajes ensangrentados porque se había hecho un corte muy profundo con el cutter.

La imagen de aquella herida es un momento que elijo no olvidar. Hay personas que aman algo con una fuerza que no puede compararse a otra. Dori era una persona bastante desconocida para mí entonces, pero nos habíamos criado a la sombra extraña (a veces iluminadora, a veces destructora) de un abuelo totalmente desbocado. Ese hombre amaba la capacidad creativa de la humanidad por encima de todas las cosas: por encima del Dios de su infancia, por encima de su estabilidad económica, por encima del miedo a la represión, por encima de su mujer, de sus hijos y de nosotras.

Algo de eso dejó sembrado, probablemente sin querer, también sin querer nosotras lo hemos recogido. Hace meses que no puedo estar con Dori todo el tiempo que quiero, que no puedo comunicarme con ella de la forma que me gustaría, que no compartirnos ratos largos en los que ella busca imágenes mientras escribo versos. Pero las dos volvemos una y otra vez a lo mismo, a eso involuntario, al arte que nos salva.

Ha pasado casi un año desde que nos aislamos. Empieza a cambiar el registro de lo vivido en la piel, hemos renunciado a tanto que parece ensancharse el vacío. Hablo de Dori porque su obra también habla de mí. Es radicalmente fácil darse cuenta, estamos marcadas por el mismo fuego.
Las dos nos aferramos a la causa de nuestra rareza cuando todo se tambalea. Ella se sumerge en un proyecto fotográfico mientras yo me adentro en la filosofía y suelto las ensoñaciones en verso. Cuando hablamos nos cuesta resumir qué estamos haciendo. Pero caemos una y otra vez
en el desdoblamiento
en una soledad protectora
porque abandonar nuestro arte por otro ser que no ame como nosotras es un sacrificio insostenible…

“Miedo.
Confinamiento.
Amor.
Abrazos.
Volver a ser lo que fuimos.”

Eso ha escrito Dori en Instagram, desde la nueva ciudad que habita mientras el tiempo y las distancias tienden al estancamiento. Ya al principio del confinamiento, Negro Tizón erizaba la piel. Iba a escribir que Negro Tizón deja sin palabras, pero es al revés, porque tras ver sus fotos a mí esto me ha brotado en cascada.

Creo que tenemos pendiente una oda al color, a la luz del sol, a los reflejos de los rayos en el agua, a la espuma de la orilla, a las bandadas de aves que persiguen los perros, a las pieles que se tocan. La tenemos pendiente, para curar negro tizón, y una vez hecha podremos ofrecer vino y compartirla.

Antes de eso, hay que sumergirse en este proyecto oscuro. Hay que reconocer la herida: ¿cuánto tiempo llevas sin esquivar a los seres humanos con los que te cruzas? ¿Cuánto tiempo llevas contando a las personas de tu alrededor? ¿Cuánto sin abrazar a tus padres -sin sentirte culpable? ¿Cuánto sin sentir que el mundo tiene murallas y las carreteras están vigiladas? ¿Cuánto sin desconfiar del Otro?

Blas de Otero escribió el poema La Tierra porque reconocía su dolor en el de todos. Somos seres “sin más destino que apuntalar las ruinas”, y aunque no quepa duda de que volveremos a ser algo muy parecido a lo que fuimos, vemos la piel que se endurece donde estaba la herida y tomamos conciencia de que la cicatriz llegará para quedarse.

De eso hablan, desde el desenfoque y el alto contraste, las imágenes de Dori. Las ventanas no ofrecen salida, el ojo no descansa de una densa textura granulosa. Buscamos la imagen nítida y una luz más amable, como buscamos la salida. Pero el arte no es complaciente…

Aquí Negro Tizón, para quienes se aventuran a sentir de verdad.