Escritura Filosofía

Sobre naturaleza humana y epidemias: una impresión desordenada.

Pocas cosas hay que la humanidad no haya vivido una y otra vez, en una extraña serie de repeticiones que, sin embargo, quedan ocultas bajo el peso de la sedimentación y solidificación. Quiero decir que, si mirásemos con cuidado el pasado y las experiencias de quienes que estuvieron antes, tendríamos menos miedo a lo desconocido. O sabríamos, con mucha más precisión, cuánto miedo es justo tener para enfrentarse a ello. 

La muerte llega al banquete.

Cuando comenzó la epidemia hubo un primer impulso colectivo de verla como un fenómeno lejano, que nada tenía que ver con quienes vivimos aquí. Las líneas del mapa la ponían al otro lado del mundo, no era nuestra responsabilidad ni nuestra tarea. Más adelante, cuando alcanzó el rango de pandemia (pan -todo, y demos  -pueblo), cuando entró en nuestras provincias y ciudades, decidimos hacernos responsables. 

Le dimos un nombre nuevo, innovador, una especie de acrónimo o sigla que incluye un guión y dos números, covid-19. De esta manera, nombrado el mal siguiendo de cerca la estética y las formas de nuestro tiempo, da la impresión de que entrará más fácil dentro del saco de cosas que podemos controlar. Que podemos, de hecho, tener bajo control científico y político. La covid-19 no es una pestilencia, no es un mal innombrable que se desplaza por el aire y viene de Egipto, como contaba el historiador griego Tucídides. Una vez señalado y catalogado, el control está, más tarde o más temprano, asegurado.

El tiempo comenzó a dilatarse, y la onda de responsabilidad se fue diluyendo. La cuarentena en las casas se hacía pesada conforme entraba el calor del final de la primavera y los números entraban dentro de la norma. Los impulsos de vida y actividad se vuelven más incontenibles, sobrepasando el miedo y la mesura. Jóvenes y no tan jóvenes se reúnen, quieren encontrarse con otras personas y volver al contacto de unos con otros. Se hace antinatural aguantar la distancia de seguridad, quedarte a un metro y medio de tu amiga, de tu prima, de tu hermana. Se busca un oasis de normalidad entre tanta excepción y restricción, tras la tercera cerveza o la segunda copa parece que todo pesa menos. 

De la responsabilidad colectiva, del sacrificio que se imaginaba mucho más breve, se pasa a una extraña aceptación. Durante los primeros meses, gran parte de la sociedad -también la parte atea-, pensó que la epidemia era una especie de castigo. Un castigo de la madre naturaleza por nuestros excesos contra ella. Una medida de autorregulación de la Tierra. Todo este discurso está bañado en fuentes míticas, que tienen que ver con antiguas diosas de la fecundidad y dioses de la justicia, un cariz casi religioso que pocos han sabido reconocer. 

Más adelante, con la aceptación, se abren los brazos a lo que tenga que ocurrir. Y ocurren cosas como esta: se debe vivir a toda costa. Se argumenta un Carpe Diem mal comprendido, mal divulgado. A mí, sinceramente, los muertos me dan igual”, dice una chica en el botellón, no importa dónde. Algo así como “pasará lo que tenga que pasar”, porque en esta pandemia los enfermos no están a la vista de todos, ni se agotan los trozos de tierra en los cementerios… En esta pandemia, a diferencia de las viejas epidemias, la peor parte está compartimentada, escondida, alejada de los que tenemos el privilegio de habitar y descansar en su periferia. Es algo típico de nuestro tiempo, donde las categorías, el dataísmo y la burocracia diluyen los peores dramas (como siguen diluyéndose las crisis ambiental o de los refugiados).

El verano se ofrece, y la mayoría lo tomamos. Ya lo cantaba Lucrecio en De Rerum Natura:

Tu bienvenida, diosa, porque al punto
Con el amor sus pechos traspasaste:
En el momento por alegres prados
Retozan los ganados encendidos,
Y atraviesan la rápida corriente:
Prendidos del hechizo de tus gracias
Mueren todos los seres por seguirte
Hacia do quieres, diosa, conducirlos

Como hay pocas cosas que la humanidad no haya vivido una y otra vez, busco los vestigios de las viejas pandemias en los libros. ¿También se dejaba llevar la ciudadanía por el ansia de vivir ahora? ¿También se perdía de vista el significado de los números de muertos? 

Sófocles abre el Edipo Rey poniendo a toda la ciudadanía de Tebas en posición de súplica en las plazas, encabezada por el sacerdote. Una plaga y una pestilencia los asola, mueren tantas personas que dicen que hay más pobladores en el Hades que en la propia ciudad. La peste se considera castigo de los dioses por el crimen cometido por Edipo, crimen del que no era consciente pero que debía ser purgado lo antes posible.

Tucídides olvida a los dioses y narra la peste de Atenas (s. V a. C) que él mismo padeció, desde una visión imparcial y tratando de dar cuenta de los hechos a entendidos en medicina. En plena guerra del Peloponeso llega la enfermedad, que según él subió desde la tierra del Nilo, y descontrolada a lo largo de la tierra ateniense amontona a los enfermos en las fuentes, los ríos y los pozos en busca de agua que calmara la sed y los calores de las fiebres. Nadie escapaba entonces a la visión de la enfermedad, no estaba escondida, ni medida, ni controlada. Cuenta en sus escritos que, mientras tanto, quienes aún no habían enfermado reaccionaron de esta manera:


Además de todos estos males, fue también causa la epidemia de una
mala costumbre, que después se extendió a otras muchas cosas y más grandes, porque no tenían vergüenza de hacer públicamente lo que antes hacían en secreto, por vicio y deleite. Pues habiendo entonces tan grande y súbita mudanza de fortuna, que los que morían de repente eran bienaventurados en comparación de aquellos que duraban largo tiempo en la enfermedad, los pobres que heredaban los bienes de los ricos, no pensaban sino en gastarlos pronto en pasatiempos y deleites, pareciéndoles que no podían hacer cosa mejor, no teniendo esperanza de gozarlos mucho tiempo, antes temiendo perderlos en seguida y con ellos la vida. Y no había ninguno que por respeto a la virtud, aunque la conociese y entendiese, quisiera emprender cosa buena, que exigiera cuidado o trabajo, no teniendo esperanza de vivir tanto que la pudiese ver acabada, antes todo aquello que por entonces hallaban alegre y placentero al apetito humano lo tenían y reputaban por honesto y provechoso, sin algún temor de los dioses o de las leyes, pues les
parecía que era igual hacer mal o bien, atendiendo a que morían los buenos como los malos, y no esperaban vivir tanto tiempo, que pudiese venir sobre ellos castigo de sus malos hechos por mano de justicia, antes esperaban el castigo mayor por la sentencia de los dioses, que ya estaba dada, de morir de aquella pestilencia. Y pues la cosa pasaba así, parecíales mejor emplear el poco tiempo que habían de vivir en pasatiempos, placeres y vicios.”

La guerra del Peloponeso, Tucídides.

También hay libros sobre epidemias que no han ocurrido pero que bien podrían haberlo hecho. Ya Tucídides aprovecha para narrar la naturaleza humana durante la peste, Albert Camus ahonda sobre ello en su obra “La Peste”. 

“-¿Qué piensa usted del sermón del padre Paneloux, doctor?
La pregunta había sido formulada con naturalidad y Rieux respondió con naturalidad también.
-He vivido demasiado en los hospitales para que llegue a gustarme la idea del castigo colectivo.
Pero ya sabe usted, los cristianos hablan así a veces, sin pensar nunca realmente. Son mejores de lo que parecen.
-Usted cree, sin embargo, como Paneloux, que la peste tiene alguna acción benéfica, ¡que abre los ojos, que hace pensar!
-Como todas las enfermedades de este mundo. Pero lo que es verdadero de todos los males de este mundo lo es también de la peste.”

Albert Camus, La Peste.

También nosotros pensamos que esto nos abría los ojos. De la misma manera en que cerraba otros. Fuimos conscientes, individualmente, de los hilos que conforman la responsabilidad. Fuimos conscientes de los problemas y de la paradoja de amar a un ser querido a quien no podíamos acariciar. Fuimos conscientes del sacrificio, lo hiciéramos nosotros o lo percibiéramos en los demás. Camus también guarda un lugar para quienes, a pesar de todo, se aferran al engaño. Porque la chica del botellón que afirma que el número de muertos no le importa, olvida que ella no es una persona desconectada del resto de personas. Olvida que no somos absolutamente libres sino que estamos atados a nuestra biología, que al final es lo mismo que estar atados a nuestra sociedad. Este engaño, creernos completamente libres y olvidarnos que la propia vida es conexión con los demás, también aparece en la novela de Camus:

“Así, durante semanas y semanas, los prisioneros de la peste se debatieron como pudieron. Y algunos de ellos, como Rambert, llegaron incluso a imaginar que seguían siendo hombres libres, que podían escoger. Pero, de hecho, se podía decir en ese momento, a mediados del mes de agosto, que la peste lo había envuelto todo. Ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo. El más importante era la separación y el exilio, con lo que eso significaba de miedo y de rebeldía.”

Albert Camus, La Peste.
Imagen de Annie Spratt.


No rebusco en los libros y en la historia porque esta pandemia hubiera podido evitarse. No rebusco porque hubiera una predicción que hayamos pasado por alto. Leo a quienes estuvieron antes porque pocas cosas son completamente nuevas y, al ignorarlo, caemos en reacciones erróneas. Atiendo a quienes vivieron antes porque, más allá de tener cosas que enseñarnos, nos recuerdan que no estamos tan solos en nuestra individualidad como podamos creer. El sufrimiento es el mismo sufrimiento, las preguntas son las mismas preguntas, el deseo es el mismo deseo… Y también los momentos de plenitud son los mismos. Si hay una naturaleza humana es así: cada cual vive como un ser único, y siendo únicos somos iguales. Leo a quienes ya vivieron porque incluso hoy nos acompañan: es tontería sentirse sola en el centro del mundo. 

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